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Wednesday, September 29, 2010

26 Bryant Park Place / NPR 3-minute fiction

(NPR 3-minute fiction: 600 words max., first and last lines given by Michael Cunningham)

26 Bryant Park Place

Some people swore that the house was haunted.

Many people, being oblivious or contemptuous of the consequences, are given to swearing about anything; yet not one person on the street could provide concrete evidence or personal experience to bolster this claim. The only one who might have refuted or confirmed such an outlandish statement was struck down by lightning one bright September afternoon.

Janice Wilson had been standing at the top of her porch stairs, staring across the street into the space above Esther Harris’ dormer window. Esther had waved at Janice. Wanting to return a bill that had mistakenly been dropped through her mail slot, she then turned from the window, made her way down the stairs and across the hall to retrieve the bill, intending to continue out the front door and across the street.

When Esther opened her door, she was startled to discover that it seemed to be late at night. The neighborhood was dark, quiet and cold. She lifted her left hand and discovered that, instead of her neighbor Janice’s bill, there were just gray, dusty bones in the shape of a hand. She opened her hand to drop the bones gently into the mulch behind the potted zinnias, but found that all she managed to do was spread open her own gray, dusty finger bones and splay them in an unsightly manner. Perplexed, she glanced over towards her neighbor’s front porch and found, quite to her surprise, that Janice still stood there gazing out across the top of Esther’s own roof. At least she assumed it was Janice, as it was really quite too dark to be sure.

Esther called out to Janice, waving her finger bones in a mute “you-hoo”, but found that, not only did she make no sound, she could not even feel her mouth change shape. She reached up to touch her lips, and heard the distinct clack of bone on tooth. She sighed deeply and gazed at Janice a moment longer before turning back through the front door. She made her way in a distracted fashion back up the stairs to her bedroom and over to the window she had been standing at just a moment before. She was again holding Janice’s phone bill in her left hand, and as she leaned into the pane of glass she watched Janice turn her gaze to focus on Esther’s face in the window and smile in the sun-drenched afternoon. Janice raised her arm briefly and then started down the porch steps to make her way across the street, having understood finally that Esther had something for her. She strode down the front walk and across the one-lane street towards the Harris’ front gate and, just as her hand grasped the black metal handle, a single flash of lightening sizzled out of the bright blue sky and laid Janice flat on the sidewalk. Her arms splayed, her head split where her skull had met the road, Janice’s predicament brought neighbors rushing out of their houses and onto the street. An ambulance, a police car, even the small fire department van were all uselessly deployed.

Esther watched as the afternoon wore into evening and then collapsed into night. The street cleared slowly, until finally Janice was swept into a municipal hearse and whisked away. Esther tried to envision herself moving towards the stairs and down the hall, but the shift in her soul had been too enormous. Something that she had not known was there was now missing.

Nothing was ever the same again after that.


Kymm Coveney September 2010


(National Public Radio -NPR- ficción en 3 minutos: máximo 600 palabras en inglés, primera y última líneas obligadas por Michael Cunningham)

26 Bryant Park Place


Algunas personas juraron que la casa estaba encantada.

Muchas personas, indiferentes o desdeñosas de las consecuencias, son capaces de jurar sobre cualquier cosa; sin embargo, ni una sola persona de la calle pudo ofrecer hechos concretos o experiencia personal para apoyar esta afirmación. La única persona que podía haber refutado o confirmado una declaración tan estrafalaria fue alcanzada por un rayo una luminosa tarde de septiembre.

Janice Wilson había permanecido de pie ante las escaleras de su porche, mirando hacia el otro lado de la calle, justo por encima de la ventana del desván de Esther Harris. Esther había saludado a Janice con la mano. Quería devolverle una factura que había sido erróneamente depositado en su buzón de correo, y así dejó la ventana, fue bajando por las escaleras y atravesó el pasillo para recoger la factura, con la intención de continuar por la puerta principal y cruzar la calle.

Cuando Esther abrió su puerta, le asustó comprobar que parecía ser de noche muy cerrada. El vecindario estaba oscuro, tranquilo y frío. Elevó su mano izquierda y descubrió que, en lugar de la factura de su vecina Janice, sólo había unos huesos grises y polvorientos en forma de mano. Abrió su mano para dejar caer los huesos suavemente en el mantillo detrás de las macetas de hortensias, pero descubrió que lo único que fue capaz de hacer era abrir sus propios dedos hechos huesos grises y polvorientos y extenderlos en un tétrico abanico. Perpleja, echó un vistazo hacia el porche de su vecina y se sorprendió al comprobar que Janice seguía de pie mirando por encima del tejado de Esther. Al menos supuso que tenía que ser Janice, ya que era demasiado oscuro para saberlo a ciencia cierta.

Esther llamó a Janice, saludando con sus dedos de hueso en un mudo “yu-ju”, pero se dio cuenta de que, además de no conseguir emitir ningún sonido, tampoco notaba que se cambiara la boca. Intentó tocar sus labios, pero sólo oyó el inconfundible sonido de hueso sobre diente. Suspiró profundamente y se quedó mirando a Janice un momento más antes de entrar de nuevo por la puerta principal. Volvía a subir por las escaleras, moviéndose de manera distraída, hasta encontrarse de nuevo en la ventana donde había estado hacía un momento. De nuevo tenía la factura de teléfono de Janice en su mano izquierda, y al apoyarse en el cristal de la ventana, vio como Janice giraba la mirada hasta enfocar la cara de Esther por detrás de la ventana y sonreír bajo la soleada tarde. Janice elevó su brazo rápidamente y comenzó a bajar las escaleras del porche para alcanzar y cruzar la calle, por fin entendiendo que Esther tenía algo para ella. Caminó con paso enérgico por el camino de ladrillo, atravesó la estrecha calle y siguió hasta la puerta de la verja de los Harris. Justo en el momento en que tocó el pomo de metal negro, un único rayo salió crepitando del cielo de azul transparente y dejó a Janice fulminada en la acera. Sus brazos en jarras sobre el asfalto, el cráneo partido donde su cabeza había dado con la calle, Janice ofreció tal espectáculo que atrajo a todos los vecinos, que llegaron corriendo desde sus casas hasta la calle. Una ambulancia, un coche de policía, hasta la pequeña furgoneta de los bomberos fueron inútilmente despachados.

Esther miraba mientras la tarde se convertía en atardecer hasta colapsarse, haciéndose la noche. La calle se iba despejando lentamente, hasta que por fin Janice fue barrida por el coche fúnebre municipal que rápidamente la engulló y se alejó. Esther intentó visualizar cómo se movería hacia las escaleras y pasillo abajo, pero el desplazamiento de su alma había sido demasiado enorme. Algo que antes no había sabido reconocer ahora faltaba.

Nada volvió nunca a ser lo mismo después de aquello.

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