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Wednesday, December 29, 2010

Moving

The landlady stepped carefully around the puddles on the dirt road as she lead the granddaughter by the hand.
“Be careful not to muddy your school shoes,” she said. The sensible black shoes were worn over dark blue wool socks, each pulled to precisely the same height just below the knee.
“Where are we going, grandmother?” Never before had the child accompanied the old woman anywhere.
“Grandmother has an errand to run on one of her properties. You would do well to pay attention.” She did not lean on the child’s shoulder as they descended the concrete steps and crossed the patio to the front door. Standing the girl just to her right, she rapped twice at the glass, watching the curtained window for movement.
Jane Parker had seen her landlady standing primly on the porch, but didn’t notice the little girl until she opened the door.
“Hello Sra. Caspe,” she said, contriving a smile. She turned to the little Madeline double, searching for a rhetorical comment to make, but was cut off.
“Look,” the landlady used her snippiest tone. “I’ve never had a problem with you before, like I’ve had with the others. I don’t know or care how you get by without your husband around, but you owe me three months’ rent. Three unpaid receipts returned by the bank. You aren’t thinking of leaving, of moving out, are you?”
Jane glanced back over her left shoulder, gauging the gloom, and decided it was sufficient to keep the woman from seeing the plain brown boxes piled in the corner. She noted Gail’s appearance in dusty feetie pajamas and a winter bathrobe, her hair still uncombed and a line of purple magic marker across her cheek.
“Of course not,” Jane said quickly. “I had the bank stop payment … on something … and they seem to have stopped all payments.”
“It’s been three months now.” The landlady directed a stern glance at her granddaughter, and an even sterner glance at Jane’s daughter. Roughly the same age, they were certainly not from the same universe. The thought made Jane snort, which she tried to turn into a pretense of a cough by clearing her perfectly clear throat.
“Yes, and I’m sorry,” Jane said. She opened the door a fraction of an inch to apologize some more, and noticed that there was no longer a scent of urine attached to the woman. She must have had that operation finally, Jane concluded. “I’d invite you in,” she offered, “but Gail’s been running a fever.” She shrugged at the uniformed schoolgirl.
“No, no. We’re expected at a recital,” spat the landlady as she turned on her heel. She took two steps away from the porch and lifted her head ever so slightly back as she said: “There'll be no funny business, then. You’ll get the rent to me.”
“Tomorrow, certainly,” called Jane. “Thursday latest.” She shut the door slowly, watching the landlady lead the offspring of her offspring out of the damp, rented sector and up towards the mini mansion at the top of the road. She tried to picture Gail in that private school uniform and shuddered. Even so, the image of a pony, frilly dresses and expensive bedrooms caught her attention and she quickly determined what tack to take with her own eight year old. Lie, deceive, ignore or admit to fraudulent behavior? Let’s go with ignore, she thought and closed the door.

Mudanza

La casera pisaba con tiento para evitar los charcos de la calle sin asfaltar por donde llevaba la nieta de la mano.
-Ten cuidado de no ensuciar de barro tus zapatos. -dijo. Negros y serios, los zapatos cubrían unos calcetines de lana azul oscuro que alcanzaba cada uno una altura precisa, justo por debajo de la rodilla.
-¿Adónde vamos, abuela? –Nunca antes había acompañado a la anciana a ninguna parte.
-La abuela tiene un recado que hacer en una de sus propiedades. A ver si prestas atención, que te conviene. –Evitó apoyarse en el hombro de la niña al descender las escaleras de hormigón y cruzar el patio hasta la puerta principal. Colocó a la chica a su derecha y llamó dos veces con los nudillos en el cristal, atenta a cualquier movimiento de la cortina detrás de la ventana.

Jane Parker había visto que era la casera quien se erguía remilgadamente en el porche, pero no se había fijado en la chiquilla hasta después de abrir la puerta.
-Hola, Sra. Caspe, -dijo, agenciándose una sonrisa. Se inclinó hacia la pequeña colegiala, preparando algún comentario retórico, pero se le interrumpió.
-Mira, -la casera empleó su tono más fastidioso. –Nunca he tenido los problemas contigo que he tenido con los demás. Ni sé ni me importa cómo te las arreglas sin tu marido, pero me debes tres meses. Tres recibos que me ha devuelto el banco. No estarás pensando en marchar, en dejar la casa, ¿verdad?
Jane echó un vistazo por encima de su hombro izquierdo, tanteando la penumbra, y lo juzgó suficiente para que la mujer no se percatara de las cajas de cartón apiladas en el rincón. Registró la aparición de Gail en su pijama de patucos polvorientos, albornoz de invierno, su pelo aún sin peinar y una línea de rotulador morado trazada en la mejilla.
-Claro que no, -dijo Jane rápidamente. -Ordené al banco parar el pago… de algo… y al parecer han parado todos los pagos.
-Ya son tres meses, -desdeñó la casera, dirigiendo una mirada severa a su nieta y una mirada aún más severa a la hija de Jane. De aproximadamente la misma edad, desde luego no eran del mismo universo. Este pensamiento provocó en Jane un resoplido que procuró convertir en un carraspeo que aclarara su cristalina voz.
-Sí, ya, y lo siento, -dijo Jane. Entornó la puerta unos centímetros para ofrecer alguna disculpa más, y se dio cuenta de que la mujer ya no arrastraba ese olor a orines. Se habría operado por fin, concluyó Jane. –Les invitaría a pasar, -se ofreció, -pero Gail ha tenido fiebre. -Miró a la colegiala uniformada y se encogió de hombros.
-No, no, ni hablar. Nos espera, que hay recital hoy, -espetó la casera al darse media vuelta. Se alejó dos pasos del porche y elevó su cabeza ligeramente hacía atrás al decir: -No habrá jaleo, entonces. Me pagarás el alquiler que me debes.
Seguramente mañana, -respondió Jane. –El jueves a más tardar. –Cerró la puerta lentamente, mirando cómo la casera sacaba la prole de su prole del húmedo sector de arriendo, elevándola hacia la mini mansión a la cima de la calle. Intentó imaginar a Gail en ese uniforme de escuela privada y se estremeció. Aún así, las imágenes de ponis, de vestidos de princesa y dormitorios de lujo le llamó la atención y rápidamente determinó qué rumbo tomar con su propia ochoañera. ¿Mentir, engañar, ignorar o admitir su conducta fraudulenta?
Pues me quedo con ignorar, pensó y cerró la puerta.

(NaNoWriMo 2010)

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