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Monday, January 26, 2009

Pale

They meet: two fragile, ungainly strangers who have in common complexions that are pale. One is tall and rail-thin, almost ephemeral. The other is big-boned and fills up her allotted space. When these strangers meet, they look hard and long into each others’ eyes – one set hazel and the other green – searching for whatever it is that they have recognized in each other. They are familiar. There is an ancestral knowledge that calls them to each other.

The ephemeral one speaks and offers this:

We were members once of the same tribe in your land. We stood tall, side by side, and were warriors. We painted our dark faces with bright colors and wore our black hair in long, thick braids. We danced and whooped and fought and were free.

Her blood sister speaks and offers this:

We were not pale and frail of spirit as we are now. We were strong and forceful and knew our purpose. We knew the land and wind, the rains and night skies. We were well-loved, full of certainty and joyful.

The strangers shake hands and separate, yet they will call to each other and be drawn together again and again, as lightening strikes and opens the earth, while storms rage and seas swell, then recede. Sometimes they will call to each other across a small divide, or wave as they hurriedly cross paths. Other times they will hold each other lightly, or hug tightly, and bend their heads together in whispered confidence. Time passes, and although the strangers, now friends, remain pale, they remember the tribal bond, and long to recover their lost, dark skin.


Pálido

Se encuentran: dos desconocidas frágiles y desgarbadas que tienen en común su tez pálida. Una es alta y delgada como un palo, casi efímera. La otra es fornida y rellena el espacio que le toca. Cuando estas dos extrañas se conocen se miran detenidamente a los ojos –unos de color miel y los otros verdes- buscando aquello que han reconocido. Son familiares. Hay un conocimiento ancestral que llama a una y a otra.

La efímera habla y ofrece lo siguiente:

Una vez fuimos miembros de la misma tribu en tu tierra. De pie manteníamos la vigilia juntas y fuimos guerreras. Nos pintamos nuestros oscuros rostros con flamantes colorines y llevamos nuestro pelo largo en trenzas espesas y negras. Bailamos y soltamos alaridos y luchamos y fuimos libres.

Su hermana de sangre habla y ofrece lo siguiente:

No fuimos pálidas y débiles de espíritu como ahora. Fuimos fuertes y contundentes y supimos cuál era nuestro destino. Conocimos la tierra y el viento, las lluvias y los cielos nocturnos. Fuimos bien amadas, llenas de certeza y rebosantes de alegría.

Las desconocidas se dan la mano y se separan, aunque se invocarán y se reclamarán una y otra vez, mientras caen relámpagos que abren la tierra, cuando hacen estragos las tormentas y los mares azotan, para luego retroceder. Algunas veces se darán voces a través de un pequeño escollo, o se saludarán al cruzarse de prisa sus caminos. Otras veces se darán unos abrazos fugaces, o se agarrarán con fuerza, y juntarán sus frentes en confidencias susurradas. El tiempo pasa, y aunque estas desconocidas, ahora amigas, siguen siendo pálidas, se acuerdan de sus lazos tribales y sueñan con recuperar la perdida piel oscura.


Para Helena

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