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Thursday, January 15, 2009

Contained

Driving the car to the airport in the predawn non-light with Dad at my side saying how nice it was to be here, I tick off the check list of things not done, primary of which is the talk we always have.
Dad says, “we never got around to the heart-to-heart we always seem to have” and I say, “that’s what I was just thinking”.
I say, “I never got to grill you about financial planning and tax shelters” and Dad says, “I would like to help out with Zaida’s college”.

It’s a short ride at this time of the morning, even going the speed limit. I need to drop him off so we don’t have to shlep his bag, but I tell him to wait while I park.
Dad says, “don’t park, go home and go back to sleep,” which is what I said I’d do when I told him not to call a cab.
I say, “I’m not going to go back to sleep, I’ll just be a minute, wait for me at the check-in line”

I restart the car and have to turn my headlights on while a couple unloading a suitcase from a trunk in front of me hugs and then kisses, and a taxi passing by makes me wait. Finally I can pull out and cross the lanes to reach the parking lot, but even at this ungodly hour of morning dark, I have to park in the outreaches of the lot and walk through the cold January airport wind. I don’t like the feeling of walking by myself. I woke up nervous this morning, with a funny stomach and clenching my teeth. Now I warily listen to heels and wheels tapping behind me, then turn to see an executive, a salesman, a short, balding middle-aged man in a suit and oversized briefcase as another mirror image of him crosses to my right. It looks like a pre-crime scene and I push away a shudder, cross on the crosswalk and enter the safe, peopled, well-lit terminal building.

Dad says, “are these shops duty free?” we could shop together.
I say, “no, those are upstairs past customs”
I say, “need a book?” as we shuffle past the newsstand.
Dad says, “maybe a magazine” but there are none we want.
Dad says, “should we go have a coffee?”
I say, “you’d just as soon get up there, wouldn’t you? You have about a half hour, not much time really”
Dad says, “you’re right, I like to beat the lines, anyway”

I watch him through the cattle-driving barriers, knowing he never turns around anyway. When he passes through the screens I turn and head down the stairs, pause to look at Botero’s horse, then walk back the way I came, searching for a parking payment machine and wondering why I feel so oddly sad. If there is one thing I am used to, it is good-byes.

That same crime-scene feeling accompanies me back to my far-away car, but I pay for the parking in utter, comforting solitude and cross no one on the way to my spot. The car starts up perfectly, I pull out and crawl toward the exit, aware that other drivers are already sleepily anxious. The second I’m on the outside of the parking lot, my eyes well up with tears. I wonder at this building, unexpected sadness, ready to pull out any number of justifications, but over the short, uneventful drive home in the same non-light of early morning, I discover that I have felt protected by my Dad, safe from harm and unburdened by the loneliness of responsibility. Now I must put that weak, weepy child back in her box and I tell her, “soon it will be gone for good”. I’m steering home to the people I am protecting, unburdening and keeping safe from harm, but while I steer I allow what is usually contained to blur a bit my vision and soak my cheeks. I can wipe them before I get home.

14 January 2009

4 comments:

  1. Conduzco el coche hacia el aeropuerto en la ausencia de luz del antealba con Papá a mi lado diciendo qué bonito ha sido estar aquí, mientras repaso la lista de las cosas no hechas, principalmente la charla que siempre tenemos.
    Papá dice, “nunca nos dimos esa charla de tú a tú que solemos tener,” y digo, “es justo lo que pensaba ahora mismo”.
    Digo, “no pude interrogarte sobre mi planning financiero y fiscal” y Papá dice “me gustaría ayudarte cuando Zaida vaya a la universidad”.

    Es corto el viaje a estas horas de la mañana, aún respetando el límite de velocidad. Necesito que baje en la acera para no tener que arrastrar su maleta, pero le digo que me espere mientras aparco.
    Papá dice, “no aparques, vuelve a casa y duerme un poco más”, que es lo que le dije que iba a hacer cuando me dijo que llamaría a un taxi.
    Digo, “no voy a volver a dormir, sólo tardo un minuto, espérame en la cola”.

    Vuelvo a arrancar el coche y tengo que encender los faros mientras una pareja que baja una maleta del maletero delante de mí se abraza y se besa, y un taxi que pasa me hace esperar. Por fin puedo salir y cruzar los carriles hasta llegar al parking, aunque incluso a esta hora intempestiva de oscura mañana me veo obligada a aparcar en el extrarradio del parking y atravesar a pie el frío viento de enero del aeropuerto. No me gusta la sensación de caminar a solas. Me desperté nerviosa esta mañana con el estómago raro y rechinando los dientes. Ahora escucho cautelosamente el traqueteo de los tacones y las ruedas detrás de mí, y entonces me giro para ver a un ejecutivo, un comercial, un hombre bajo, calvo, de mediana edad que lleva traje y un maletín enorme, mientras su reflejo gemelo cruza por mi derecha. Parece una escena previa a un crimen, y despejo un escalofrío, cruzo por el paso zebra y entro en el edificio de la terminal bien iluminada y llena de gente.

    Papá dice, “¿son éstas las tiendas duty-free?” podríamos ir de compras juntos.
    Digo, “no, están arriba, al otro lado de la aduana”.
    Digo, “¿necesitas un libro?” al pasar por delante del quiosco.
    Papá dice, “quizás alguna revista” pero no hay ninguna que nos guste.
    Papá dice, “¿deberíamos tomar un café?”
    Digo, “prefieres subir ya, ¿verdad? Te queda media hora más o menos. No es demasiado tiempo para comprar”.
    Papá dice, “tienes razón, prefiero evitar las colas”.

    Sigo su paso por los corrales, aún sabiendo que no se gira nunca. Cuando pasa al otro lado, vuelvo a bajar las escaleras, me paro a mirar el caballo de Botero, luego vuelvo por donde entré, buscando una máquina para pagar el parking y preguntándome por el motivo de esta extraña tristeza. Si hay algo a lo que estoy acostumbrada, son los adioses.

    Esa misma sensación de escena de crimen me acompaña hasta mi coche en lontananza, pero pago el parking en la más completa y cómoda soledad, y no me cruzo con nadie de camino a mi sitio. El coche arranca perfectamente, conduzco lentamente hacia la salida, consciente de que otros conductores adormilados ya están ansiosos. Al momento de encontrarme fuera del recinto, se me llenan de lágrimas los ojos. Considero el porqué de esta creciente tristeza inesperada –estoy dispuesta a presentar varias justificaciones si fuese necesario- aunque durante el corto viaje sin incidente que me devuelve a mi casa, y bajo la misma falta de luz de la madrugada, descubro que me he sentido protegida por mi Papá, a salvo y descargada de la soledad de las responsabilidades. Ahora me toca devolver a esa débil niña llorica a su caja y le digo, “pronto habrá desaparecido para siempre”. Me dirijo a mi casa, hacia la gente que protejo, descargo y mantengo a salvo, pero mientras conduzco dejo que lo que normalmente está contenido me ofusque un poco la vista y me empape las mejillas. Me las puedo secar antes de llegar a casa.

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  2. Lovely story, Kymm! I always feel sad when my saying good bye to my parents too. Those brief times of having someone else take care of you always seem fleeting.
    Cyndi

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  3. Kymm, ya has conseguido de nuevo que a mi también se me salten las lágrimas... podria ser porque últimamente estoy algo mas sensible que de costumbre, pero lo cierto es que tu manera de escribir, me hace sentir lo que leo, bueno, y también ayudará saber que eres tú.

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  4. te parece bonito hacer llorar a papa noel? :)

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