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Thursday, March 5, 2009

Breezy / Airoso

Breezy is the way you want to keep it when you move in for the kill. He did call, even if it was on official business, so the opportunity presents itself and you take it: I’m in town on Friday, how about lunch? You have to hold your breath a bit, which makes everything that much less breezy, but he doesn’t wait too many beats before saying, Great, see you Friday. You do not, repeat, do not jump out of your chair and dance across the room throwing punches into the air, but you can’t help letting your face catch up with your smile, stupid pie-faced smile you’re glad no one can see. You continue to play the breezy card to yourself even as you pick over the conversation. How did he sound on the phone? Was he anxious, bored, annoyed, thrilled? Should you call him back to check? No, bad idea. Not breezy at all. So the days go by and you’ve got a bit of a bounce in your step and chores don’t seem so tiresome and, if you were less aware of the fact that you never do it, you might even whistle now and again.
Meanwhile, it’s St. Jordi, and your kid needs a book and you need a book, and the weather sparkles, so you wander around the town square perusing the books laid out on the tables, not expecting to find a single thing, really, when this tiny, thin slip of a book jumps out and smacks you across the forehead. How perfect, your very favorite author, a small book in case he doesn’t like it, small enough to be a trinket and not mean a thing. It is so obvious a sign that you don’t even bother searching for the clasp in your necklace to bring to the back of your neck while making a wish because you do that anyway the next morning when your meeting is cancelled. You decide you have to give him the chance to back out – it would be the moral equivalent of lying to let him know only after the fact – but when you ask if it’s inconvenient for him he says, No, I’m looking forward to it. Meet you in Plaza Cataluña at two, he says. But where?, you say, Plaza Cataluña is huge. At the star, he says.
Huh?
There’s a star in the middle of the square, he says. Meet you there at two.

Standing in the middle of the square in the middle of the city is not at all breezy. You feel like a tourist, a dumb tourist, a dumb, lost tourist who has no friends, a dumb, lost, friendless tourist who fears and loathes pigeons, because despite the fact that you get there at two o’clock sharp and skirt around the edges of the square to see if he’s there first – he’s not – you still have to walk to the center of the square and confirm that, yes, there is in fact a star, and you have to stand there in your myopic, disoriented ignorance trying to guess which way he’ll be coming from. So in your dumb, lost, friendless, pigeon-loathing, myopic discomfort, you do a solo version of the chotis, circling upon yourself upon the star at regular intervals, squinting into the middle distance and hoping that you at least recognize him when he does show, unless of course he doesn’t show at all, in which case that would make you a dumb, lost, friendless, pigeon-loathing, myopic, discomfited tourist who’s been callously rejected in front of the entire city, but wait. You stop your three-quarter turn to the right and see him enter from the northwest corner with his long, loping, arm-swinging, shoulder-bopping gait and when his face comes into focus you see he is smiling broadly, happily, and he is making just a little bit of fun of you again, but he grabs your arm and bends to give you a kiss on each cheek and asks, Been waiting long?


Airoso debe ser tu porte cuando entras a matar. Llamó él, aunque fuera por razones oficiales, así que la oportunidad se presenta y tú la aprovechas: Estaré en el centro el viernes, ¿comemos juntos? Y aunque no resulta nada airoso aguantar la respiración, apenas te hace esperar antes de contestar, Entonces, nos vemos el viernes. Lo que no haces bajo ninguna circunstancia es saltar de tu silla y pasar por la casa pegando botes y golpes de puño al aire, pero tampoco puedes evitar que tu cara alcance a tu sonrisa, esa estúpida sonrisa de lela que gracias a dios nadie puede ver. Continúas jugando tu carta airosa, a pesar de desmenuzar y recrear su conversación. ¿Cómo sonaba por teléfono? ¿Estaba entusiasmado, aburrido, irritado, emocionado? ¿Deberías volver a llamar para comprobarlo? No, la idea es mala y nada airosa. Así pues pasan los días, andas dando pequeños saltos, tus tareas no resultan tan pesadas, y si no te dieras perfecta cuenta de que es algo que no haces nunca, hasta serías capaz de silbar de vez en cuando.
Entretanto es St. Jordi, y tu hija necesita un libro y tú necesitas un libro y el tiempo acompaña, mientras vas deambulando por la plaza mayor revisando los libros dispuestos sobre las mesas, sin tener la menor esperanza de encontrar nada, cuando de pronto un libro finísimo, minúsculo, apenas más que una lámina de libro salta del montón para darte una bofetada en toda la frente. Es perfecto, tu autor preferido, un libro pequeño por si no le gusta, una minucia que no implica nada. Es tan obvia como señal que ni te molestas en buscar el cierre de tu cadena de oro para devolverlo a su sitio detrás de la nuca mientras pides un deseo, porque lo haces de todas maneras al día siguiente cuando se cancelan la conferencia. Decides que le tienes que dar la oportunidad de echarse atrás – sería el equivalente moral de mentirle si se lo dijeras después del hecho – pero cuando le preguntas si le va bien, contesta, Claro, me apetece mucho. Nos vemos en la Plaza Cataluña a las dos, dice. ¿Pero dónde?, preguntas, la Plaza Cataluña es enorme. En la estrella, dice.
¿Cómo?
Hay una estrella en medio de la plaza, dice. Nos vemos allí a las dos.

Estar de pie en el centro de la plaza en el centro de la ciudad no es nada airoso. Te sientes turista, turista tonta; turista tonta, perdida y sin amigos; turista tonta, perdida y sin amigos que teme y odia a las palomas, porque a pesar de llegar a las dos en punto con la idea de bordear la plaza para ver si ha llegado antes – no lo ves – aún tienes que andar hasta el centro de la plaza y confirmar que, sí, de hecho hay una estrella, y tienes que seguir allí de pie envuelta en tu ignorancia desorientada y miope, e intentar adivinar desde qué dirección vendrá. Así que a pesar tu turbación tonta, perdida, sin amigos, palomafóbica y miope, comienzas una versión solitaria del chotis al moverte en círculos sobre ti misma sobre la estrella a intervalos compasados, forzando la vista hacia una distancia media y esperando reconocerlo cuando aparezca, a menos que no aparezca en absoluto, en cuyo caso te convertirás en una turista tonta, perdida, sin amigos, peristerofóbica, miope y turbada que ha sido vilmente rechazada delante de una ciudad entera, pero un momento. Paras a medio giro de tres cuartos hacia la derecha cuando lo ves entrar desde la esquina noroeste, con su andar desgarbado de largas zancadas que hace bailar sus hombros y brazos, y cuando por fin puedes enfocar su cara ves que lleva una sonrisa amplia y feliz, con ese punto de tomarte el pelo de nuevo, pero te coge del brazo, se inclina para darte un beso en cada mejilla y pregunta, ¿Llevas mucho tiempo esperándome?


3 comments:

  1. Lovely story Kymmie. I remember hearing you tell it, but enjoyed getting to read it as well. Now I'm smiling, though wistfully. Cyndi

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  2. Qué relato más airoso, Kymm! Me ha gustado mucho!
    Julia

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  3. Si algún dia paso por encima de la estrella daré unos pasitos,para recordar la imagen que nos has regalado y que me ha hecho reir.
    Un besito
    Olga

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