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Saturday, March 28, 2009

Legendary / Legendario

Every little girl believes she is royalty misplaced, and even after she grows up she never really shakes off the feeling that somewhere out there is a prince and a castle with her name on them. This particular princess was not only misplaced, she also carried with her a small child and a string of alliances that had brought her before the sacrificial altar of resentment. On the brink of absolute cynicism, at the far end of trust, she was fully qualified to fill the role of damsel in distress, although she managed to mask it fairly well as she stood in the middle of the Plaza de Cataluña and greeted her gentleman prince. A feast was being laid for their first meal together, and they had each brought a gift, unaware that the other had done the same. They kept these gifts hidden on their journey to the banquet. As they jostled their way through the mid-day crowds, his long arm and broad shoulders curving over to protect her from the most exuberant merry-makers, they spoke of the previous day’s festivities commemorating Saint George’s slaying of the dragon, which spared yet another princess from being laid at yet another sacrificial altar.

The princess, almost consumed by anticipation, feared that the sparkle of hope she could not repress, try though she might, would pass unheeded and unrequited by the saintly prince who, she rationalized, was only doing a good deed for one less fortunate than he. Even though the smile he gave her was at times wide and inviting, it would suddenly turn self-deprecating, almost embarrassed, dimpling under his sparse, dark beard. As he poured more drink, she noticed the color in his smooth, high cheeks, which reflected the intense heat she felt on her own wine-flushed face. For that fleeting vision, she had to stay the fluttering of a thousand butterfly wings against her chest when she met his bright, joyful gaze. Her laugh, which called to him like silk-lined silver bells, rang false to her as she attempted to repress her escalating gaiety with a healthy dose of hard-earned skepticism. ‘He’s just being a gentleman,’ she scolded her flighty, enchanted imagination. ‘His nature is to please and entertain his tablemate, nothing more.’

The princess strove to avoid his penetrating gaze, and willed herself to look away toward the wineglass, the salt shaker, the oil cruet, so he would not detect the longing that threatened to invade her guarded, jaded heart, ravage it and then steal back out to wrap itself around him like a python. She kept her hands in her lap, refusing to leave them on top of the tablecloth where they might be exposed to a brief, inadvertent touch from him. She enjoined her befuddled self to indulge in the glow of his company -kind, attentive, handsome prince that he was. Just as she caught herself melting into his warm brown eyes, he reached behind his chair and, as he did so, he leaned in close to her, close enough so that she had to resolve to not back away, to hold her ground until she could feel the heat from his cheeks on her own. She blinked not. He said, smiling shyly: “I don’t know if you celebrate Sant Jordi…”. He unveiled his gift and offered it to her. Without looking away, she nodded and tried to keep her smile within the confines of her face as she answered, ‘Yes, I also brought something for you.” She drew in a breath – a mighty hallelujah- as she gazed upon his gift and felt suddenly inadequate in her reciprocal token. But he looked kindly upon the slim volume of modern, foreign tales, as if it were of far higher value, and he bestowed his brightest smile upon her.

"You must let me try it out on you," she offered when they left the banquet, as his gift was a book of recipes. “I’d be happy to be your guinea pig, whenever you’d like,” said he. Before she could be stopped, she heard herself ask him “this weekend?” and heard him answer, “Saturday”. She strolled giddily beside him back into the square. Still her prayers had not been answered, her request for a sign had not been satisfied, for she was an obtuse princess, and could not read subtlety. She turned to bid him farewell, content with the prospect of seeing him anon, yet as she lifted her cheek to him, the prince leaned down to take her lips in his and gently held them there. The princess raised her chastened fingers to stroke the soft beard at his jaw as they lost themselves to the kiss with which the python bound them immanently one to the other.

Every April, red roses bloom in the Plaza de Cataluña where the princess and her prince still stand entwined in their passionate, eternal embrace.

Toda niña se cree que es una princesa extraviada. Ni siquiera después de hacerse mayor consigue deshacerse de la idea de que en algún lugar le esperan un príncipe y un castillo propios. Esta princesa en particular no sólo se había extraviado, sino que durante su deambular había adquirido una hija pequeña, además de una serie de alianzas que le habían llevado finalmente ante el altar sacrificial del resentimiento. Rozando el más absoluto cinismo, y cada vez más distante de la confianza, estaba altamente cualificada para desempeñar el papel de damisela en apuros, aunque lograba enmascararlo bastante bien cuando, en medio de la Plaza de Cataluña, saludó al príncipe azul. Un festín les esperaba en la mesa que compartirían por primera vez, y ambos traían un regalo -sin saber que el otro había hecho lo mismo- que disimulaban durante su recorrido hacia el banquete. Al avanzar entre los empujones del bullicioso mediodía, su largo brazo y hombros anchos la protegían de los más exuberantes jaraneros mientras conversaban sobre las actividades del día anterior, diada de Sant Jordi, en honor al caballero que logró matar al dragón y salvar a otra princesa de otro altar sacrificial.

La princesa, con los nervios a flor de piel, se temía que el destello de esperanza que no conseguía reprimir, por mucho que lo intentara, no sería reconocido ni mucho menos correspondido por este santo quien, razonaba, daría a esta cita la consideración de un acto benéfico. Sin embargo, el príncipe le dirigía una amplia sonrisa que se ensanchaba a veces en una invitación, aunque parecía disculparse enseguida con la aparición de unos hoyuelos debajo de su despoblada barba morena. Rellenó las copas, y ella se fijó en el color subido de sus mejillas, que reflejaban el intenso calor con que el vino incendiaba su propia cara. Por culpa de esa fugaz visión, estaba condenada a refrenar el aleteo de mil mariposas contra su pecho cada vez que captaba esa mirada de luminosa alegría. Y aunque para él sonaban campanitas de plata forradas de seda cuando se reía la princesa, a ella le sonaba falso porque procuraba templar la creciente sensación de dicha con una gran dosis de escepticismo. ‘Sólo pretende ser un caballero,’ regañaba a su caprichosa y hechizada imaginación. ‘Su naturaleza le obligaría a agradar y a entretener a cualquier comensal, nada mas.’

La princesa esquivaba su mirada penetrante, distrayendo la vista hacia la copa de vino, el salero, la aceitera, para disimular el anhelo que amenazaba con invadir su corazón precavido y receloso, saquearlo y entonces salir a hurtadillas para envolver al príncipe como una pitón. Apretaba en el regazo sus dos manos, sin permitir que descansaran sobre el mantel donde quedarían expuestas a un posible roce involuntario de parte de él. Se instaba a si misma a dejar su aturdimiento y a entregarse al fulgor de la compañía de este buen príncipe atento y guapo quien, justo en el momento en que comenzaba a derretirse en aquellos cálidos ojos castaños, estiró el brazo detrás de su asiento. Al hacerlo, se inclinó hacia ella, tan cerca que ella no pudo alejarse, manteniéndose firme hasta sentir que el calor de las mejillas de él calentara las suyas también. No pestañeó. Él dijo, con una media sonrisa: “No sé si celebras Sant Jordi…”, descubrió su regalo y se lo ofreció. Sin desviar la mirada, ella asintió e intentó acotar la sonrisa dentro de los límites de su cara al contestar, ‘Sí, también he traído algo para ti.” Inspiraba lenta e intencionadamente -una portentosa aleluya- mientras hojeaba el regalo, sintiéndose repentinamente inadecuada en su detalle recíproco. Pero él tomó con magnanimidad el delgado volumen de modernos cuentos extranjeros, como si su valor fuese mucho mayor, y a la princesa le dedicó su sonrisa más deslumbrante.


"Has de permitir que lo estrene contigo," ofreció ella una vez hubiesen dejado atrás el banquete, porque su regalo había sido un libro de recetas. “Me encantaría hacer de conejo de indias, cuando quieras,” dijo él. Antes de que pudiera detenerse, se escuchó preguntarle “este fin de semana?” y le oyó contestar, “el sábado”. Vertiginosamente paseaba ella a su lado hasta volver a la plaza. Sin embargo no habían sido atendidas sus devociones ni esas oraciones que lanzó en búsqueda de una señal, porque ella era una princesa obtusa que no discernía la sutileza. Se giró para despedirse de él, contenta con la certeza de volver a verle en un futuro próximo, sin embargo cuando le alzó la mejilla, el príncipe se inclinó hasta tomar en sus labios los de ella y cobijarlos tiernamente allí. La princesa acercó sus dedos escarmentados hasta hundirlos en esa suave barba real, perdiéndose en el beso con el que aquella pitón les acoplaba inmanentemente uno a otro.

Cada abril florecen rosas rojas en la Plaza de Cataluña donde la princesa y su príncipe permanecen, eternamente fundidos en un dulce y apasionado abrazo.


24/04/98

7 comments:

  1. You have the enviable ability to put your thoughts into words. A beautiful recollection.

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  2. Lo que da de si una leyenda celebrada año tras año. Hay que seguir paseando y transitando, el sol aparece de nuevo cada día, independientemente de las buenas, malas, mejores o peores situaciones. ¿Por qué lo harà?

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  3. ...Y a sus pies saltan i croan docenas de anfibios encantados, que esperan semejantes besos, eternamente.
    Delicioso, me sabe a primavera.

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