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Thursday, September 11, 2008

Clutter

There is no tabula rasa.
Even in the womb you hear voices that as a newborn you later recognize. The voices acquire faces, forms and gestures to become Mom, Dad and Uncle Joe. There might even be a great-grandmother who hangs around just long enough to bounce you on her wrinkled knee before turning into an old photograph in a stuffy frame at Uncle Joe’s house. Old-lady babysitters (Mom won’t trust teenagers until you’re almost one yourself), coffee-sipping, tongue-wagging Mrs. Rogal and the only other neighborhood child, 3 year-old, blond Kevin enter your world. Even though you don’t remember Kevin, who moved away before you yourself were three, you retain a penchant for straight blond hair.
For a while people, like words and new foods, are thrust at you at ever increasing speed. Montessori school gives you the view of the harbor over a wide expanse of grass and the chestnut-bee-hived Italian teacher, Mrs. Bertucci, singing My Bonnie Lies over the Ocean. Grade schools, summer camps and churches provide an ever-increasing litany of names and faces, voices and gestures. Girlfriends, best friends, boyfriends, roommates, neighbors, partners, husbands, yoga monitors, group therapy leaders, creative writing class teachers and all their integrants and add-ons occupy corners of your ever-more-crowded world and yet somehow, 39 years later, all you remember of 5th grade is a girl named Ginny Burns who was your friend that year but she wasn’t even the friend who shared that first cigarette butt you found on the side of the road at the entrance to the trail through the woods that took you to the big rock you used for telling secrets and, from then on, smoking. Sometimes you confuse the names of your college boyfriend with the name of your ex-husband (they both begin with G…), yet you always have the name Ginny Burns (also a G-name) right there, ready for a use you haven’t found in thirty-nine entire years, with all their days and weeks and months and quarters.
Now more people seem to be leaving than arriving, and yet those who left don’t leave the corners you gave them, even if you don’t have the proper homing equipment to pull them up at will. You can hear Grampy’s voice clear as a bell, but what he’s saying is “Ya dummy!”, and although you can’t put your Grammy’s voice to any of her phrases, you easily access the slim gold link watch she gave you for your 18th birthday and that you lost when some stranger bumped your left wrist while you were walking home after work with the sun in your eyes along Bravo Murillo in Madrid in the fall of 1983.
If there were a tabula rasa, you could extract all those names you don’t need -Ginny Burns just lost forever- and you could sift through it all so that instead of seeing Pep’s eyes half-closed and rolled back in his head with little slits of white peeping out from his coma, you could see the way he looked at you and smiled after he bent to kiss you in the middle of Plaça Catalunya and said "de esto tendremos que conversar", and you could bring up and hold the way his bearded cheek felt under the palm of your right hand, and forever erase the silky softness of the hairs along his right arm, the skin of which you just couldn’t bring yourself to touch as it cooled and you waited.

2 comments:

  1. Crap mom you made me cry again...
    as you keep on writing it becomes quite obvious that your talent is indiscutable (indiscutible), and that you are an increadible writer, how else could you make me cry plunging me directly into your words.
    I am extremely proud of you, and even a little jeolous.
    love you.
    zaida

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  2. "Desorden"

    No hay tábula rasa.

    Incluso en el útero ya oyes voces que luego de recién nacida reconoces. Las voces toman caras, formas y gestos que resultan ser mamá, papá y tío Joe. Puede haber hasta una bisabuela que aguante justo lo suficiente para achucharte con sus manos arrugadas antes de convertirse en una vieja fotografía colgada en su marco fatuo en la casa de tío Joe. Entran en tu mundo unas señoras mayores que te cuidan (Mamá no se fía de la juventud), la Sra. Rogol con sus tazas de café y charla eterna, y el otro niño de la vecindad, Kevin el rubito de tres años. Aunque no recuerdes a Kevin, que se mudó con su familia antes de que cumplieras tú los tres años, guardas una debilidad por el cabello liso y rubio.

    Durante un tiempo, se te presenta la gente, al igual que las palabras y los sabores nuevos, a un ritmo estrepitoso. La escuela Montessori te deja la vista del puerto a través de una extensa pradera y la maestra italiana con su cabello castaño en peinado de colmena, la Sra. Bertucci, cantando aquella nana de Mi bonita a través del océano. El cole, las colonias y la catequesis proporcionan más y más nombres, caras, voces y gestos. Las amigas, las mejores amigas, los novios, compañeros, vecinos, parejas, maridos, monitores de yoga, terapias en grupo, los talleristas y todos sus integrantes y añadidos ocupan los rincones de tu mundo cada vez más atiborrado, y sin embargo 39 años más tarde, lo único que recuerdas de quinto de EGB es una niña llamada Ginny Burns que fue tu amiga aquel año, aunque ni siquiera fue aquella amiga que compartió contigo el primer cigarrillo que encontrasteis tirado en la calle a la entrada del camino del bosque que llevaba al gran pedrusco que usabais para ir a contar secretos y, a partir de entonces, ir a fumar. A veces confundes el nombre de tu ex novio universitario con el de tu ex marido (ambos comienzan por la letra G), sin embargo siempre tienes en la punta de la lengua el nombre de Ginny Burns (otro nombre que comienza con la G), listo para un uso que no has encontrado a lo largo de estos treinta y nueve años, incluidos todos sus días, semanas, meses y trimestres.

    Ahora parece que haya más gente que se marche que la que llegue, y sin embargo los que se van no abandonan los rincones que les diste, y tampoco dispones del sistema de guiado correcto para encontrarlos a voluntad. Puedes oir la voz clarísima del abuelito, pero lo que dice es: “Serás capulla…”, y aunque no puedes casar la voz de la abuelita con ninguna frase suya, accedes fácilmente al reloj de delgados eslabones dorados que te regaló cuando cumpliste 18 años y que perdiste cuando algún desconocido golpeó tu muñeco izquierdo cuando volvías andando a casa después de trabajar, con el sol en los ojos por la calle Bravo Murillo en Madrid en el otoño de 1983.

    Si hubiera una tábula rasa, podrías extraer todos aquellos nombres que no necesitas -Ginny Burns perdida para siempre- y podrías removerlo todo para que, en vez de ver los ojos medio cerrados de Pep, vueltos hacia atrás con las ranuras de blanco vislumbrando desde su coma, podrías ver la forma en que te miraba sonriendo al agachar la cabeza para besarte, y podrías descubrir y retener la sensación de su barba y su mejilla bajo tus dedos, y no la suavidad de los pelos de su brazo derecho, cuya piel no te atrevías a tocar mientras se enfriaba, y esperabas.

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