Entradas con "Translation" disponen de versión castellana.

Thursday, November 6, 2008

Vacant

Vacant is the place the tip of my tongue constantly seeks out, the ragged hole that is so much deeper than seems necessary or possible to exist at the end of the row of molars on the right side of my mouth, up near where my tongue scratches when I’m about to get a cold, where it can almost feel sometimes like I’ll gag or puke if I keep at it, but I keep at it.
My wisdom tooth was there. It was the last one to come in, the one I’d waited 40 years for, and when it did come in, it was mortally flawed. There was already a hole I could stick my tongue into, even before it fully broke the surface of the gum back there, the gum that thought it was done making room. Maybe because of its flaw I became thoroughly attached to it, like the runt of the litter that you can’t help loving to death, until you love it to death, poor thing. I would poke at it and poke at it, as if to remind it where it was and sometimes in my absentminded poking I would scratch my tongue, even cut it a bit and think, wow, was that stupid, or what? Then I would find my wounded tongue easing back into that hole in the last, the newest, the most recent tooth of wisdom.
I’d been warned all my life that these wisdom teeth were worthless, traitorous, that I would be much better off without them, yet I withstood. I wanted my wisdom teeth with me. I swore they’d come in straight and good, and they did. Except the last one had a flaw. But it came in straight and good, expecting nothing less than the same attention my tongue had given each of the others, which it received, believe me, it received.
But of course the day came. It came sooner than expected, as those kinds of days always do. It was quick, no time for decision making, no time for last minute changes of heart. Two small shots of novocaine, a bit of chit chat to make the time pass. A click or two of the pliers.
“All you need is a really good grip,” said Dr. Salas as she tilted my head back with one hand and wielded the cold silver pliers with the other. An adjustment or two, a tentative pull and then she wrenched the tooth, which of course began to shatter. Another quick adjustment and she was back gripping that poor flawed broken tooth.
“That’s it, that’s it,” she cooed at the pliers and took a deep breath (I swear I heard the sharp intake of her breath over mine) and pulled like she was pulling the bells of Notre Dame and thwump, out the bloody tooth came.
She shoved in a wad of gauze, reminded me to bite down hard for a good half hour, whisked my bib away, twirled the dentist’s chair out for me to disembark and waved me out the door. Numbly I wandered out into the autumn street, carefully biting down on the gauze that replaced the tooth that was now just a hollow, bloody hole. I thought about that, thought about how my tongue already wanted to wander over to that raw, empty spot which, abandoned by its rightful inhabitant, would now and forevermore remain vacant.

2 comments:

  1. Vacante
    Hay vacante en el lugar que la punta de mi lengua busca constantemente, el hueco escabroso que es mucho más profundo que parece necesario o posible que exista al final de la fila de muelas en el lado derecho de mi boca, allí donde rasca mi lengua cuando estoy a punto de resfriarme, donde puede parecer a veces que me vaya a provocar arcadas o vomitar si sigo así, pero aún así sigo.
    Estaba allí mi muela de juicio. Fue la última en salir, la que había esperado durante 40 años y, cuando se descubrió, incorporaba un defecto mortal. Ya traía un agujero tan grande que podía meter la lengua, incluso antes de que atravesara por completo la superficie de la encía superior, la encía que consideró que había acabado de hacer huecos. Quizás debido a su defecto, me encariñé demasiado con ella, como se hace con el más pequeño de la camada, que no puedes evitar amar hasta la muerte hasta que le matas de amor, pobrecito. La iba tocando y chinchando, como para recordarme dónde estaba y, a veces durante este chinchar inconsciente, llegaba a arañar la lengua, incluso hasta darle un pequeño corte y pensaba, vaya, qué estupidez, no? Entonces descubriría de nuevo a la lengua herida volviéndose sigilosamente hacía ese agujero en la más reciente, nueva, última muela de juicio.
    Se me había advertido toda la vida que estas muelas no servían para nada, que eran muy traidores, que estaría mucho mejor si me las sacaba, sin embargo aguanté. Juré que saldrían rectas y fuertes, y así lo hicieron, aunque la última traía un defecto. Sin embargo salió recto y bueno, y esperando que le prestara la misma atención mi lengua y yo que la que habíamos concedido a las demás muelas, y se la prestamos, creedme, se la prestamos.
    Sin embargo, como no podía ser de otra manera, llegó el día. Llegó antes de lo que se esperaba, como suele ocurrir con este tipo de cosas. Fue rápido, no hubo tiempo para tomar decisiones, no hubo tiempo para cambios de parecer de último momento. Hubo dos pinchazos de anestesia, y un poco de charla para ayudar a pasar el tiempo. Un chasquido de alicates.
    “Sólo hace falta encajarlo bien,” dijo la Dra. Salas mientras empujaba mi cabeza hacia atrás con una mano y, con la otra, sostenía los fríos alicates plateados. Tras unos pequeños ajustes y un tirón de ensayo, forzó la muela, la cual, como era de esperar, empezó a hacerse pedazos. Otro ajuste rápido y volvió a inmovilizar aquella pobre muela defectuosa y ahora rota.
    “¡Así! ¡Así!” insinuaba a los alicates e inspiró profundamente (juro que oí el sonido de su inspiración por encima de mi ruidosa toma de aire) antes de tirar como si tirara de las campanas de Notre Dame y con un zuonk, sacó la muela sangrienta.
    Metió un trozo de gasa en su lugar, recordándome que debía morder fuertemente. Me quitó el papel protector a la vez que hizo girar la silla de dentista para que me bajara y se despidió de mi con la mano desde su asiento cuando salí por la puerta. Deambulaba sin sentido por la calle otoñal, mordiendo con cuidado la gasa que había reemplazado la muela que ahora no era más que un hueco, un agujero sangriento. Pensé en eso, pensé en cómo mi lengua quería acercarse ya hacia ese hueco vacío y desollado, hacía ese sitio - abandonado por su habitante legítimo - donde de ahora en adelante y para siempre habría un vacante.

    ReplyDelete
  2. que romántico... dedicarle un escrito a tus muelas del juicio... solo podias hacerlo tu.

    I love you

    ReplyDelete

Copyright © 2008-2015 Kymm Coveney - All rights reserved.